- Voy a tocar con Carlos Núñez –, me comentó una entrañable amiga de la revista, la Turca Zahra de la Chilinga.
- ¿El gaitero?
- Sí, venite, va a estar bueno.
Carlos Núñez es, posiblemente, uno de los gaiteros más importantes del mundo. Es extremadamente conocido por su trabajo con la música celta y la gallega y por su participación en la banda sonora de la película “Mar adentro”. Así que no pude menos que preguntarme: ¿Qué mezcla rara de música celta y batucada estaba a punto de ver?
¿Qué me esperaba en el teatro Coliseo?
Una fiesta, por supuesto, y un viaje.
Comencemos por el viaje: José Núñez, bisabuelo de Carlos, emigró desde España a Belem do Pará, se suponía, allá por el 1904. Mas de 100 años después Carlos decidió salir tras los pasos de su bisabuelo, solo para descubrir que lejos de haber muerto en Belem, como el creía, había creado toda una nueva vida para él en Rio de Janeiro.
Este mismo intinerario nos invita ahora a recorrer con él. Un viaje que no es meramente genealógico, también es una búsqueda del destino de la música celta en América. Esta búsqueda es lo que Núñez plasma en su nuevo disco y parte de este viaje mítico es lo que entrega en el escenario en su show. Un viaje que une el mito pequeño de su historia familiar, con los grandes mitos gaélicos, regalándonos una fusión que deja de ser europea o brasilera para ser una autentica fiesta. ¿Fiesta brasilera? Con los tambores en el escenario un toque de batucada está asegurado, pero ¿qué tienen de brasileros los seis gaiteros escoceses en el fondo? La alegría y la fiesta viajan como viaja el show de Carlos Núñez, de la fantasía a la gaita, de la gaita a los pies y los tambores. Y es así cuando están los seis tambores, las seis gaitas o cuando el escenario entero está ocupado tan sólo por él y sus tres músicos: una violinista, premiada ya dos veces como la mejor musica de irlanda, un bouzouky, instrumento de cuerdas griego, y un percusionista/baterista con un set de casi 4 metros de ancho, por el que va y viene todo el show (y como si eso no le bastara termina haciendo un solo en un anvil).
Tan festivo es el ambiente que un muchacho del publico, pelirrojo y alto como buen irlandés, termina dando una demostración de “River Dance” que empieza discretamente en un pasillo, para terminar en el escenario con toda la banda. Y poco después, detrás de él, subimos todos a bailar. Y bailando nos vamos, a recorrer nuestros propios caminos míticos por Buenos Aires, que, con esta música rebotando en los oídos, parece cada vez más salida de un sueño.
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