Debo admitir que desde siempre he tenido un problema con la percusión del oeste de África. Más bien debería decir que tenía un problema con lo que yo entendía por dicha percusión. ¿Cuál era este problema? Me aburría. Y era de esperarse porque lo que yo había visto hasta el momento eran grupos que tocaban una basecita en los dun dunes, para que un solista de djembé hiciera gala de su virtuosismo. He visto shows que duraron no menos de 40 minutos en base, simplemente, a esta formula.
Así, pues, el solipsismo de timbal me terminaba espantando
Sin importar lo ecléctico que sea el gusto de uno y lo abierto de mente que se pueda llegar a ser, es virtualmente imposible que uno le guste todo. Había hecho las pases con esta realidad, pero uno de esos amigos sabios que tiene uno me dijo: “Tu problema es con las bandas, no con la música. Andá a ver a Sai Sai Bumack.”
Y, lleno de dudas y desconfianza, le hice caso…
No me arrepentí para nada. Los muchachos de Sai Sai tocan djembes, marimbas y dun dunes, y lo hacen con altos niveles de virtuosismo. Sin lugar a dudas cualquiera de ellos podría llevar adelante un solo de largos minutos… pero no lo hacen. Tocan en función del grupo. Su sonido es un sonido total, en el cual hasta los tamborcitos del fondo tienen su momento de brillar. En el escenario dialogan unos con otros constantemente; desde los sonidos, desde sus rostros, desde su propia voz, pues no se privan de algún comentario gracioso cada tanto. El resultado es un show de lo más variado, donde cada tambor tiene su color y su lugar y fluye con el resto, donde lo musical se ve aderezado con alguna dosis de actuación y de humor. Donde la buena onda que llega del escenario va derecho a los pies.
Así pues, supongo que es virtualmente imposible que todo lo que suena en percusión me guste; pero hay que decir, que gracias a Sai Sai Bumack, ese límite que yo creía haber encontrado, no está en África occidental.
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